Cementerio General

Un viaje patrimonial por la memoria de Chile

Desde hace décadas, los cementerios cumplen una doble función: son lugares de reposo para quienes ya no están y, al mismo tiempo, verdaderos museos al aire libre. Los viajeros cruzan Inglaterra para visitar las tumbas de Karl Marx y Sigmund Freud en Highgate; recorren el cementerio ruso de Sainte-Geneviève-des-Bois, donde descansan Iván Bunin, Rudolf Nureyev y Andréi Tarkovski; o peregrinan hasta Père Lachaise para tararear This Is the End frente a la tumba de Jim Morrison.

Aunque poseen una carga emocional inevitable, los cementerios ofrecen una forma privilegiada de comprender la historia de una sociedad. Hablan de la vida y de la muerte, de los ritos religiosos y las creencias, pero también de arquitectura, arte, política, literatura y diseño. Pocos lugares condensan con tanta naturalidad la memoria de un país.

Declarado Monumento Histórico en 2010 e inaugurado por Bernardo O’Higgins en 1825, el Cementerio General de Santiago es el gran archivo de la historia republicana de Chile. Entre sus avenidas arboladas descansan casi todos los presidentes de la República, junto a escritores, artistas, científicos, políticos y figuras de la religiosidad oficial y popular. El cementerio reproduce las mismas diferencias que existen entre los vivos: imponentes mausoleos encargados a los arquitectos más prestigiosos del país conviven con sepulturas modestas; unos metros más allá aparecen el Patio de Disidentes y los sectores judío y luterano, recordando que la diversidad también forma parte de la historia nacional.

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El recorrido comienza en la avenida Limay, flanqueada por cipreses y por elegantes mausoleos art déco donde reaparecen, una y otra vez, apellidos como Larraín, Vial o Errázuriz, nombres que el viajero reconocerá en calles y edificios de Santiago. Desde allí se avanza hasta el mausoleo de la escultora Rebeca Matte para continuar entre presidentes convertidos en figuras casi legendarias, como Manuel Balmaceda, o protagonistas de la historia contemporánea, como Salvador Allende. El terremoto de 2010 dejó en ruinas algunos de los monumentos funerarios más impresionantes, entre ellos el mausoleo de la familia Lyon y la singular réplica de la Alhambra, que hoy solo puede contemplarse desde el exterior. En distintos rincones aparecen también obras de Marta Colvin y Eugenia Huici, artistas presentes en el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Contemporáneo y el Centro Cultural La Moneda.

Nuestro guía, Aníbal, combina la historia del cementerio con una perspectiva filosófica poco habitual. Formado en filosofía, ha dedicado años al estudio de las distintas concepciones de la muerte en el cristianismo, el judaísmo, el islam y el hinduismo. Ese interés dio origen a su primera publicación académica mientras realizaba estudios de postgrado en Filosofía y Civilizaciones Antiguas en la Universidad de Edimburgo, investigando la inmortalidad del alma. Sus viajes por Islamabad, Karachi, Kolkata y Varanasi enriquecen una mirada comparada sobre los rituales funerarios y la relación de distintas culturas con la muerte.

Más que una visita histórica, este recorrido propone una conversación sobre memoria, arte, filosofía y religión, siempre desde el rigor histórico y un sentido del humor respetuoso.

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El recorrido dura entre una hora y media y dos horas y concluye junto al Memorial de los Detenidos Desaparecidos, frente a la tumba de Violeta Parra y a pocos pasos del mausoleo de Daniel Zamudio. La experiencia termina en Baco, en Providencia, compartiendo una copa de vino o pisco sour acompañada de ostras o charcutería francesa. Como las grandes ciudades, el Cementerio General nunca termina de revelarse por completo. Siempre deja motivos para volver.

$160.000 por persona